sábado, 24 de noviembre de 2012

Niña enclaustrada: El cenicero de los muertos.

Como el pintalabios de la vieja Magola he de quedarme con la sonrisita hueca, como el hijo de la vieja Carmen siempre vuelvo con la carita sucia, como San Antonio sin rezos maldigo cada martes a la señora Santa Ana, como el llanto de mi ginebra, tengo una hoguera llena de pestañas y un montón de hojas que sangran como barajas.
Siempre quise cambiar de nombre para irme de casa, destapar una lata de sardinas sin cortarme los dedos y visitar el cementerio sin tener que besar la tumba de la señorita Gabriela. Ya me ha dicho Martinica que las cenizas de los muertos se ponen junto al Equeco, que la ausencia se parece mucho a un frasco de aceitunas y que los cigarros son para el jardinero Pablo.
Algún día podré bajar por los omoplatos de Maria Polandra, tendré que quererla incluso después de abrir los ojos. Algún día mi hermana menor tendrá resaca, me sentiré como papá cuando se afeita y cambiaré mis botas por una foto recortada del borracho Jeremías. 

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