Siempre quise cambiar de nombre para irme de casa, destapar una lata de sardinas sin cortarme los dedos y visitar el cementerio sin tener que besar la tumba de la señorita Gabriela. Ya me ha dicho Martinica que las cenizas de los muertos se ponen junto al Equeco, que la ausencia se parece mucho a un frasco de aceitunas y que los cigarros son para el jardinero Pablo.
Algún día podré bajar por los omoplatos de Maria Polandra, tendré que quererla incluso después de abrir los ojos. Algún día mi hermana menor tendrá resaca, me sentiré como papá cuando se afeita y cambiaré mis botas por una foto recortada del borracho Jeremías.

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